China apuesta por África

Noviembre 11, 2009

Mapa topográfico de África (Wikipedia)

China, con no muy buenas relaciones históricas en el continente asiático, busca desde 1990 los reursos naturales del continente negro. Si en 2006 los diarios de todo el mundo recogían una larga lista de países africanos (Zambia, Zimbabue, Mozambique, Marruecos, Nigeria, Angola, Guinea Ecuatorial…) en los que China invertía masivamente, en 2009 las expectativas han aumentado. De los 29.000 millones de euros de inversión exterior de 2006, 3.500 millones (el 11%) se destinaron a África, un continente que Pekín veía como fuente de recursos imprescindibles para el crecimiento vertiginoso de su economía. En 2009 China prometió nuevos préstamos a África por un valor de 7.500 millones de euros (10.000 millones $) durante tres años. Incluso, en la apertura de la 4ª Conferencia Ministerial del Foro de Cooperación China-África, que se efectuó en noviembre de 2009 en Egipto, el primer ministro chino, Wen Jiabao, dijo que su país pensaba anular las deudas de algunas de las naciones más pobres de ese continente. Además, los chinos se comprometieron a invertir más recursos en proyectos de energías limpias a lo largo de África.

“Nosotros ayudaremos a África a desarrollar sus capacidades financieras (…) Nosotros suministraremos $10,000 millones a África en préstamos bonificados”, expresó Wen Jiabao. La conferencia ministerial de noviembre, efectuada en la ciudad de Sharm El Sheik, contó con la presencia de representantes de medio centenar de países, y en el transcurso de las sesiones Pekín aclaró algunas de sus inversiones en África en los próximos años.

Los analistas explican que en la medida en que China trata de asegurar su acceso a las vastas reservas de petróleo, gas y minerales de África, el país asiático se ve bajo creciente presión para contribuir al desarrollo de las naciones africanas. Por esa razón Pekín decidió concender miles de millones de dólares en nuevos créditos y préstamos preferenciales, y poner el acento en el “desarrollo responsable”. Los chinos prometieron construir más escuelas y hospitales en África, e invertir en programas de estímulo agrícola y lucha contra la malaria. Igualmente prevén eximir de impuestos a productos africanos para favorecer su entrada en el mercado asiático.

Los gigantescos negocios chinos se realizan respetando el precepto de no injerencia en los asuntos internos de cada país, dejando en un segundo plano problemas políticos del continente, como los derechos humanos o la corrupción. Si bien muchas de las inversiones chinas se traducen en mejora de las infraestructuras, algo de lo que África en general se encuentra necesitada, los países occidentales y muchas de las empresas competidoras se alarman por el modus operandi de los chinos en el continente negro. Pekín no tienen escrúpulos en hacer negocios con Gobiernos corruptos o parias a los ojos de la comunidad internacional; la consideración por el medioambiente o las condiciones laborales no son cuestiones prioritarias y su uso de mano de obra barata les posibilita concursar en obras públicas con ofertas imbatibles. China trata, desde los noventa, pero de una forma acelerada desde hace una década, de asegurarse en África el acceso a los recursos naturales que necesita para continuar con su crecimiento económico. De ser un país exportador de petróleo, ha pasado a ser importador. Sudán, Nigeria, Angola Kenia y Guinea Ecuatorial son algunos de sus proveedores de hidrocarburos. De Mozambique y Gabón importa madera, y se nutre de cobre en Zambia y Congo. En total, 800 firmas chinas operan en el continente. Según el estudio Perfil de las Operaciones de las Multinacionales Chinas en África, elaborado por Chris Alden y Martyn Davies, del Instituto Surafricano para las Relaciones Internacionales, (SAIIA), una de las diferencias esenciales entre los inversores chinos y los occidentales es el respeto al pie de la letra de los chinos del precepto de no injerencia en asuntos internos de los países en los que invierten. Lo que les permite hacer negocios sin ningún problema con países como Guinea Ecuatorial, Zimbabue, Etiopía o Sudán, en el punto de mira de la comunidad internacional por su falta de democracia interna y la corrupción.

Por eso, la cumbre de Sharm El Sheik se desarrolló en medio de las críticas de activistas humanitarios y organizaciones no gubernamentales que acusan a China de, en su búsqueda de recursos naturales, ignorar violaciones de derechos humanos por parte de gobiernos africanos. El último foro de cooperación China-África se efectuó en Pekín hace tres años.

Las multinacionales chinas utilizan en muchas ocasiones su propia mano de obra, mucho más barata, lo que además de no generar puestos de trabajo en el país receptor de la inversión o transferencia de conocimientos, y les permite concursar para grandes proyectos públicos a unos precios irrisorios, que ninguna otra empresa internacional puede igualar. Y aunque el beneficio económico de las grandes obras públicas a esos precios es escaso, el beneficio político es inmenso a la hora de garantizarse futuros proyectos más sustanciales. En 2005, el Gobierno de Zambia y la empresa Bgrimm, que fabrica explosivos para las minas de cobre de Chambinhi, con capital chino, fueron objeto de críticas por la falta de seguridad en las instalaciones, donde murieron 52 personas. El obispo católico de la región, el irlandés Noel O’Regan, tras culpar a sindicatos y Gobierno por igual, aseguró que “los trabajadores pueden ser descritos como oprimidos. Eran hombres y mujeres temerosos de alzar sus voces contra las inhumanas e injustas condiciones en las que trabajaban porque tenían miedo de perder sus trabajos”. El Gobierno chino envió una delegación de 24 representantes al funeral y prometió medio millón de dólares a las familias de los fallecidos. Los autores del estudio también resaltan otro de los fenómenos indirectos de la inversión china, como es la llegada de emigrantes asiáticos (lo que ya se nota en Kenia) sin especialización laboral, que abren pequeños comercios en abierta competencia con los tenderos locales, con focos locales de conflictos y xenofobia. Pero una de las mayores preocupaciones es el poder del gigante chino de aplastar la industria textil de países como Kenia, Lesoto o Suráfrica, al inundar los mercados con productos muy baratos, de calidad más o menos discutible. En 2006, los representantes sindicales surafricanos consideran que 800 firmas ya habían cerrado y 60.000 personas se encontraban en el paro por la competencia directa china.


Un terremoto de 7,8º asola China

Mayo 18, 2008

En los alrededores de Mianyang, ciudad a la que llegó este viernes el presidente chino, Hu Jintao, para solidarizarse con las víctimas, hay cientos de pueblos en los que no ha quedado nada en pie y la ayuda llega de manos de voluntarios que llegan de todo el país, aunque las localidades más remotas siguen sin recibirla. Jiulongcun, un pequeño pueblo de unos 2.000 habitantes que ahora se asemeja a un campo de refugiados, es una de las localidades que ya han recibido esa ayuda, pero los voluntarios advierten que más lejos, en las zonas montañosas, la situación sigue siendo de extrema necesidad.

“En los pueblos de arriba no ha llegado nada. Hay que salvar a los atrapados, y dar alimentos y tiendas a los supervivientes”, señala Liu Dong, un voluntario que como muchos otros ha llegado de Chengdu para echar una mano. “Mi hermana está en Maoxian, a 200 kilómetros de aquí, en las montañas. Desde el día del terremoto no sabemos nada de ella”, cuenta, entre sollozos, Hou Puxiu, una mujer de unos 50 años, malherida en una pierna tras el seísmo. En Jiulongcun se repite el drama de cientos de pequeños pueblos de toda el área montañosa del norte de Sichuan: muchos adultos se salvaron porque se encontraban trabajando en el campo cuando ocurrió el terremoto, pero sus hijos estaban en la escuela, y ésta, al derrumbarse, dejó a 200 de ellos sepultados. “Todos sus compañeros han muerto”, cuenta allí un padre que lleva de la mano a su hijo de siete años, con la cabeza vendada, y que pudo salir milagrosamente de la escuela, corriendo, antes de que ésta se desplomara. Los vecinos señalan lo que queda del banco local, y aseguran: “Uno de los empleados sigue allí debajo”. Al lado, un fuerte olor a alcohol señala los restos de la antigua tienda de licores, y más allá se advierte lo que queda de un tejado tradicional del templo taoísta.

La llegada de la ayuda humanitaria

En Jiulongcun, al menos, se sienten relativamente afortunados por ser una de las primeras pequeñas localidades a las que llega ayuda humanitaria. Medicinas, alimentos y mantas comienzan a ser repartidos por voluntarios y soldados mientras la gente se alinea en torno a camiones cisterna con agua potable y los enfermeros comienzan a desinfectar las chabolas en las que viven ahora los vecinos. También comienzan a llegar tiendas de campaña para que sirvan de casa improvisada durante los largos meses que conllevará la reconstrucción de su hogar. En Jiulongcun se apelotonan los voluntarios, organizados por su cuenta desde todo el país, en la que ha sido una de las primeras muestras de fuerza de la sociedad civil de China, un país en el que el Gobierno habitualmente controla todas las áreas de esa sociedad, hasta las ONGs. Pero el Gobierno chino no puede en esta catástrofe atender a los centenares de miles de afectados, lo que le ha llevado a permitir a todos, chinos y extranjeros, a que lleguen a la zona devastada para ayudar, en un aperturismo sin precedentes (en otras ocasiones, incluso se dificultaba a los periodistas la cobertura de desastres). “Nosotros nos hemos organizado por internet. Venimos de Hunan (una provincia del centro de China, a unos mil kilómetros). Ha llegado el momento de ayudar al país”, comenta el joven Wei Jiulong, uno de los voluntarios. Miles de ellos llegan en furgonetas con carteles en el parabrisas en los que se lee “luchando contra el terremoto”, y consignas del tipo “desde los ocho rincones del país, mano a mano, superaremos la catástrofe”. En el maletero, decenas de cajas de comida y bebida, que ya escasea en muchas tiendas de Chengdu, la capital provincial, porque lo están entregando todo a la zona devastada. Las muestras de solidaridad se notan en una zona en la que el comercio ha desaparecido: ya nada se compra ni se vende, pese al afán de negocio que la China de la reforma y la apertura había traído. Ahora todo se regala en la región del terremoto, nada tiene precio y se entrega voluntariosamente al que más lo necesita.

Ira y desconcierto

En medio de la catástrofe también hay personas que expresan su ira por lo sucedido, como el escritor Sun Jianjun, que tras visitar lo que queda de Jiulongcun asegura que “estos edificios dice el Gobierno que están hechos de hormigón, pero es mentira, son materiales muy malos”. “Nos están mintiendo, y los periodistas que intentan destapar el escándalo son castigados”, asegura Sun, aunque muchos de los vecinos de Jiulongcun le reprenden, diciéndole que es el momento de ayudar, no de criticar. En algunas localidades, como Juyuan, a unos 60 kilómetros del epicentro, la única estructura del pueblo que se derrumbó fue la escuela, causando la muerte de miles de estudiantes. El clamor popular ha hecho que el Gobierno chino haya anunciado que investigará las licitaciones para construir escuelas en el país y los materiales que se emplearon, aunque la prioridad sigue siendo llegar a los lugares aún aislados. Hay otros edificios públicos que también han salido malparados: en Mianzhu, localidad del municipio de Mianyang, la sucursal del Banco de China se derrumbó dejando atrapados a clientes y empleados. Este viernes, grúas y obreros lograron sacar, cuatro días después del terremoto, el cadáver de uno de los cajeros. Se repite el drama de cientos de pueblos: sus familiares lo cargan, llorando, en una manta, y encienden petardos para expresar su dolor y ahuyentar los malos espíritus.